







Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor
«Enamórate» © Con la autorización de Centro Manresa, Córdoba (Argentina)
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Entra, Señor,
y derrumba mis murallas,
que en mi ciudadela sitiada
entren mis hermanos,
mis amigos, mis enemigos.
Que entren todos,
Señor de la vida,
que coman de mis silos,
que beban de mis aljibes,
que pasten en mis campos.
Que se hagan cargo,
mi Dios,
de mi gobierno.
Que pueda darles todo,
que icen tu bandera
en mis almenas,
hagan leña mis lanzas
y las conviertan en podaderas.
Que entren, Señor,
en mi viña,
que es tu viña.
Que corten racimos,
y mojen tu pan en mi aceite.
Y saciados de todo tu amor,
por mi amor,
vuelvan a ti
para servirte.
Entra, Señor,
y rompe mis murallas.
(Antonio Ordóñez, sj)