







Jesús entró de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Entonces, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y ponte ahí en medio». Y a ellos les preguntó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dijo al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.
«Amar y más amar» © Permisos pedidos a Candil
«Taizé instrumental I» © Autorización de Atheliers et Press de Taizé
Me habían llevado hasta allí, y me pidieron que esperara. Yo sabía que muchos de los que me animaban, en realidad, sólo querían que Jesús fracasase. Mi dolor no les importaba. Otras veces habían mirado con desprecio mi parálisis, que consideraban culpa mía. «Algo habrás hecho para que Dios te castigue», decían, a veces.
Pero ese día me dijeron que esperase a Jesús. Tenían mala intención. Si no me curaba, dirían que era un fraude. Si me curaba, dirían que iba contra la ley. A mí todo eso me daba igual. Yo bastante tenía con mi propio dolor, la fealdad de mi mano muerta, la parálisis que me atenazaba, la tristeza que ya era parte de mi vida…
Entonces llegó Jesús. Siempre se daba cuenta de quién andaba herido, así que me vio en cuanto entró. Y me llamó: «Levántate, y ponte ahí», dijo. Empezaron los murmullos de quienes iban contra él. Él les plantó cara, y les preguntó si era más importante la ley sobre el sábado, o curar a un hombre. No contestaron. Miró alrededor, y en sus ojos había enfado y tristeza. Después me miró a mí, con ternura. Y yo supe que me entendía, que quería sanarme. Me pidió que extendiera el brazo. Lo hice, asustado, pero también con un anhelo inmenso. Y entonces se fue la rigidez, sentí la sangre fluyendo, noté cómo la vida volvía a mi brazo… y recuperé la alegría.
Cuando Jesús se fue, algunos de aquellos se quedaron murmurando. Me di cuenta, con zozobra, de que no habían entendido nada.
(Rezandovoy, contemplación de Mc 3, 1-6)