







Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo, en cambio, os digo: ‘Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen’. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
«Ite inflamate omnia» © Autorización de Compañía de Jesús Chile
Pasa el tiempo con los años
y siento, sin vanagloria alguna,
cómo la vida se me va asentando:
los pensamientos, los afectos,
los proyectos y tu evangelio en mi mano.
Hasta mi cuerpo, más quejumbroso,
va encontrando tierra buena para su descanso.
Incluso siento más vivo que nunca
ese niño que llevo por dentro:
soñador de mundos nuevos,
libre, ingenuo, enamorado
y hacia delante. Tan decidido,
que hasta sus miedos desvanecen
en la carrera por seguir su avance.
Pero algo me sigue aprisionando,
se me resiste
y hasta me quita el sueño:
me pides amarlo todo,
amar a todos,
amarle a él, a mi adversario,
a mi enemigo o la pobre víctima
de mi orgullo herido.
Y el corazón se me vuelve hielo
como se me hace un nudo el estómago,
la boca no encuentra saliva
y mis ojos, mis ojos ya no pueden
mirar a otro lado.
Déjame arrancar esa hoja
o ponerle típex a esas líneas,
te decía muchas noches en
mi impotencia y rebeldía.
Hoy, cansado de luchar,
quiero desarmarme
hasta de mi coraza.
Y pedirte, tan solo pedirte,
que me ayudes, que solo no puedo,
con esas líneas, con esa página.
Tú borra en mí lo que queda
de ese interminable duelo
y toma mi mano, como de pequeño,
para escribir en mi cuaderno
la palabra «amor» con trazos inéditos.
(Seve Lázaro, SJ)