







El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.
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No te sonríen
con blancura dentífrica,
desde las páginas de una revista.
No acaparan flashes
en los eventos de moda.
No reciben premios
en las galas con más glamour
ni las multitudes
corean sus nombres
en el concierto de los poderosos.
Pero no lo necesitan,
para brillar con luz propia
en el baile de la historia.
Son el hombre justo,
y la viuda pobre,
el profeta valiente
y la mujer perdonada.
Son el peregrino
que comparte su mesa
y su palabra,
y el caminante que,
en su fatiga,
bromea y canta.
Son el carpintero
y la muchacha,
el alfarero y la criada,
el emigrante
que no pierde
la esperanza.
Son la buena gente,
que en lo discreto,
transforma el duelo
en danza.
(José María R. Olaizola, SJ)