







Jesús se retiró al Monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, Jesús se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
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Se acercaban a ti
como mastines hambrientos,
con preguntas como dentelladas
que no buscaban otra cosa
que desgarrar el amor
y la misericordia.
Y tú le diste la vuelta a todo.
De repente,
el acusado se convirtió en juez,
los acusadores se sintieron condenados,
la condenada se vio absuelta,
y su corazón,
rebosante de agradecimiento,
quedó para siempre ligado a ti.
Y todo esto lo conseguiste
sin inmutarte,
sin moverte,
pronunciando las palabras justas,
mientras seguías escribiendo
palabras de amor
sobre la arena.
(Ximo Cerdà)