







Pasado el sábado, al despuntar el alba del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a examinar el sepulcro. De repente sobrevino un fuerte temblor: un ángel del Señor bajó del cielo, llegó e hizo rodar la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los centinelas se echaron a temblar de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: «Vosotras no temáis. Ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado como había dicho. Acercaos a ver el lugar donde yacía. Después, id corriendo a anunciar a los discípulos que ha resucitado y que irá por delante a Galilea; allí lo veréis. Este es mi mensaje».
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro: impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a sus discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Esperanza no es esperar volver a lo de antes.
No es convencerse de que esto es un error.
Esperanza no es pensar que este tiempo es un paréntesis.
No es cerrar los ojos y hacer como que nada pasa.
Esperanza no es un amanecer continuo
No es una calma constante.
Esperanza es tensión.
Es vislumbrar lo invisible.
Esperanza es reto.
Es reconocer lo cierto en lo incierto.
Esperanza es confianza.
Es abrirse a una Palabra que no es propia.
Esperanza es esperar, sí.
Pero no lo conocido
sino lo inesperado, que, a veces, ya está ocurriendo.
(Óscar Cala, SJ)