







Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Una noche fue a ver a Jesús y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él». Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?». Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de nuevo’; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Yo temía perder posición, prestigio, autoridad… si me relacionaban con él. Por eso fui de noche. Como quien tiene algo que ocultar. En lo más hondo, yo sabía que era un Maestro, que hablaba con razón, y que sus palabras y gestos eran más auténticos que mucho de lo que yo veía y escuchaba a diario. Me miró. Me dijo que había que nacer de nuevo. Yo objeté que ya me sentía viejo para eso. Se rio, y me miró con seriedad. Nunca es tarde para ponerse en manos del espíritu, dijo. Y entonces comprendí que se puede estar dormido en vida, y que es necesario despertar. Que se puede nacer de nuevo, más allá de convenciones y rutinas. Más allá de leyes y normas. Pasar de la noche al día, del miedo al valor, de la bruma al sol radiante, donde poder proclamar la verdad. Cuando salí de la casa, sentí que volvía a vivir
(Rezandovoy)