







Jesús dijo a Nicodemo: «No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?». Jesús le contestó: «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».
Nacer del Espíritu no es fácil, no es empresa que podamos acometer solos. Es entrar en una dinámica muy diferente de la que estamos acostumbrados, en la que todo está bajo mi control; todo depende de mí: de mis fuerzas, mi talento, mis creencias, mis normas, mi manera de ver y analizar la realidad. Es ir donde yo sé lo que quiero y marco el rumbo.
Nacer del Espíritu es otra cosa, es dejarse llevar por Alguien en quien confiamos plenamente, dejando que nos transforme, nos aliente con su fuerza y nos recree. Es tener los oídos muy atentos para percibir susurros y latidos de vida donde aparentemente sólo hay fragilidad y desnudez, aridez y desierto.
Nacer del Espíritu nos prepara para captar nuevas señales y aprender a interpretarlas desde otras categorías. Es sobre todo estar dispuestos a marchar con Jesús adonde no pensábamos ir, mirar con Jesús donde antes desviábamos la mirada, acercarse y abrazar con Jesús realidades y personas que antes rechazábamos.