







Jesús subió a la barca, y sus discípulos lo siguieron. En esto se produjo una tempestad tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron y lo despertaron gritándole: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?»
La noche de la humanidad
se va cerrando impenetrable.
Pero ella está ahí
firme, fuerte, fiel;
iluminada y luminosa.
La esperanza…
que sostiene
y que hace crecer.
La esperanza…
que tiene forma de cruz,
pero también de piedra corrida.
Que tiene el sabor amargo de la hiel,
pero también el aroma del mejor vino.
Que nos sumerge en lo rutinario,
pero con la novedad de lo creativo.
Que sangra,
pero desde la rugosidad
de la herida cicatrizada.
Que es agua para el sediento,
pan para el hambriento,
descanso para el extenuado.
Que es justicia para los olvidados,
prole para los estériles,
y corazón abierto para los hermanos,
porque late en el silencio,
el germen de una nueva humanidad.
(Hermana Viviana Romero)