







Tomás, uno de los Doce, llamado El Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dijo a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Jesús le respondió: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto».
Dudo, Señor. Dudo.
Y busco tu resurrección
en gestos espectaculares,
coincidencias imposibles
o cambios radicales.
Pero ni siquiera a Tomás,
tu amigo,
le diste esas señales.
Sino que enseñaste tus heridas
y tu carne dolorida,
un costado abierto
y unas manos atravesadas.
Hoy, ante mis dudas,
vuelves a apuntar a tus heridas.
Hoy no ya por clavos y lanzas.
Sino en tu cuerpo,
que es la Iglesia,
que es el mundo.
En tus heridas abiertas hoy
me llamas a descubrirte
vivo y resucitado.
En las heridas sangrantes
por la injusticia del mundo.
Y en las heridas de mi vida
que no soy capaz de curar.
Pero, aunque yo me resista
y te pida nuevas pruebas,
es ahí donde señalas.
Y me dices otra vez
que crea en ti porque estás
vivo y resucitado.
(Óscar Cala, SJ)