







Jesús dijo a sus discípulos: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros.
Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ese se salvará. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en esta os persiguen, marchaos a otra. Yo os aseguro: no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre».
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No te dejes entrampar
allá donde Dios es solo apariencia.
Sigue caminando.
Sortea las mentiras cómodas,
los engaños con que decimos creer.
Aléjate del profeta
cuyo evangelio
es la pesadilla del pobre.
Esquiva la frialdad
de corazones de piedra.
Planta cara a los lobos
que atraviesan el ahora
con piel de cordero y alma de fiera.
Exorciza este presente
habitado por la rabia y la exclusión.
Pasa de largo
si las palabras golpean sin piedad
cuando falte la misericordia,
cuando se idolatre el ego,
donde el poder es dominio,
cuando la virtud se empuñe
para acosar al hermano.
Cada historia es un reloj de arena
que va vertiendo su tiempo, imparable.
No permitas que la tuya sea estéril.
(José María R. Olaizola, SJ)