







Al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron. Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran.
Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías: «Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones».
«Cantar a María» © Autorización de Tere Larraín
«Calm» © Usado bajo licencia no comercial Creative Commons
Descolócame, Señor, una y otra vez. Lo necesito.
Muéstrate siempre original.
Desinstálame de mi comodidad y mis seguridades.
Recuérdame que nunca te comprenderé del todo.
Ayúdame a recibirte de modos siempre nuevos.
Enséñame a no poner límites a tu acción en mí ni en los demás.
Avísame cuando estés llegando y no te esté reconociendo.
Empújame, al menos un poco, cuando esté mirando allí donde no vendrás.
Perdóname por creer que no puedes sorprenderme.
Prométeme tu presencia salvadora.
Regálame amarte esperándote.
(Matu Hardoy)