







Jesús entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada».
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Tú me buscabas a mí.
Yo buscaba respuestas.
Te pedí un horizonte,
huellas en el mapa,
instrucciones claras.
Esperaba plazos,
señas, objetivos.
Tenía miedo
de no saber,
de no poder,
de no llegar.
Reclamaba un equipaje
que me diera seguridad,
una ruta que prometiera llegadas.
Exigía garantías,
condiciones tolerables.
Me llamaste amigo.
Y en esa palabra
desmontaste agobios,
rompiste exigencias,
callaste temores.
Tú eras la respuesta,
el plazo, la ofrenda.
Tú eras el camino,
y la única meta.
Sin más condiciones.
No dándome nada
de lo que pedía,
me lo diste todo.
(José María R. Olaizola, SJ)