







Jesús continuó diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos, diciendo: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas’! Con esto atestiguáis en vuestra contra que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!».
«Según tu palabra» © Autorización de San Pablo Multimedia
«Cherry Picking» © Usado bajo licencia no comercial Creative Commons
Ay de vosotros, que alardeáis de virtud y os ponéis las medallas del cumplimiento, de la apariencia, de la perfección. Ay de vosotros, que arrugáis el ceño para mostrar desagrado ante el que veis diferente y etiquetáis como peor. Ay de vosotros, encerrados en un polvorín de prejuicios que algún día ha de estallar. Y por detrás de esas fachadas aparentes hay todo un mundo de egoísmo, de indiferencia, de injusticia y abusos… ¿No os dais cuenta?
Pero este ¡ay! no quiere ser una amenaza, ni una condena. ¿No lo entendéis? Es un lamento. Un lamento porque duele ver la vida enterrada en tierra infértil. Porque cada uno de vosotros estáis llamados a brillar con la luz de la misericordia, la comprensión y el amor radical. Decir «¡Ay!» es un sollozo, es un suspiro, y es también un grito de esperanza. Porque hay conversión en el camino. Algún día se os abrirán los ojos y veréis el mundo tal cual es, con la vida que bulle por sus gentes. Y tal vez, reconociéndoos hermanos, descubriréis en qué consistía el amor.
(Rezandovoy)