Extendí mi brazo
Me habían llevado hasta allí, y me pidieron que esperara. Yo sabía que muchos de los que me animaban, en realidad, sólo querían que Jesús fracasase. Mi dolor no les importaba. Otras veces habían mirado con desprecio mi parálisis, que consideraban culpa mía. «Algo habrás hecho para que Dios te castigue», decían, a veces.
Pero ese día me dijeron que esperase a Jesús. Tenían mala intención. Si no me curaba, dirían que era un fraude. Si me curaba, dirían que iba contra la ley. A mí todo eso me daba igual. Yo bastante tenía con mi propio dolor, la fealdad de mi mano muerta, la parálisis que me atenazaba, la tristeza que ya era parte de mi vida…
Entonces llegó Jesús. Siempre se daba cuenta de quién andaba herido, así que me vio en cuanto entró. Y me llamó: «Levántate, y ponte ahí», dijo. Empezaron los murmullos de quienes iban contra él. Él les plantó cara, y les preguntó si era más importante la ley sobre el sábado, o curar a un hombre. No contestaron. Miró alrededor, y en sus ojos había enfado y tristeza. Después me miró a mí, con ternura. Y yo supe que me entendía, que quería sanarme. Me pidió que extendiera el brazo. Lo hice, asustado, pero también con un anhelo inmenso. Y entonces se fue la rigidez, sentí la sangre fluyendo, noté cómo la vida volvía a mi brazo… y recuperé la alegría.
Cuando Jesús se fue, algunos de aquellos se quedaron murmurando. Me di cuenta, con zozobra, de que no habían entendido nada.
(Rezandovoy, contemplación de Mc 3, 1-6)
Pero ese día me dijeron que esperase a Jesús. Tenían mala intención. Si no me curaba, dirían que era un fraude. Si me curaba, dirían que iba contra la ley. A mí todo eso me daba igual. Yo bastante tenía con mi propio dolor, la fealdad de mi mano muerta, la parálisis que me atenazaba, la tristeza que ya era parte de mi vida…
Entonces llegó Jesús. Siempre se daba cuenta de quién andaba herido, así que me vio en cuanto entró. Y me llamó: «Levántate, y ponte ahí», dijo. Empezaron los murmullos de quienes iban contra él. Él les plantó cara, y les preguntó si era más importante la ley sobre el sábado, o curar a un hombre. No contestaron. Miró alrededor, y en sus ojos había enfado y tristeza. Después me miró a mí, con ternura. Y yo supe que me entendía, que quería sanarme. Me pidió que extendiera el brazo. Lo hice, asustado, pero también con un anhelo inmenso. Y entonces se fue la rigidez, sentí la sangre fluyendo, noté cómo la vida volvía a mi brazo… y recuperé la alegría.
Cuando Jesús se fue, algunos de aquellos se quedaron murmurando. Me di cuenta, con zozobra, de que no habían entendido nada.
(Rezandovoy, contemplación de Mc 3, 1-6)