El ciego cuenta su versión

Nunca antes había visto. Ni el rostro de mi madre, ni los colores del campo, ni el brillo de un día de sol… Y todos me decían que Dios me castigaba por los pecados de mis padres. Pero yo no podía creer que Dios fuera así de injusto. Y así fue, él mismo vino a mi encuentro. Era un día como tantos otros. «Es Jesús», murmuró alguien que estaba a mi lado. Jesús se agachó junto a mí, y sentí sus manos tocando mis ojos. Ni siquiera sabía lo que me estaba poniendo. Luego me mandó a la piscina de Siloé a limpiarme. Oía risas en torno, burlas y murmullos de quienes nunca creen en nada. Pero yo fui. Y al limpiarme los ojos, descubrí algo nuevo. Colores, formas, rostros… ¿Te imaginas lo que es ver por primera vez? Yo, por dentro, sentía que Dios me estaba diciendo que siempre había estado conmigo… Me llevaron adonde estaban los fariseos. Les conté lo que había ocurrido. Pero ellos no se alegraron por mí. Se enzarzaron en discusiones y preguntas sobre la ley y en sospechas sobre Jesús. Yo pensé que los ciegos eran ellos. Ciegos por dentro. Ciegos que no pueden ver a las personas, sino las etiquetas; que no pueden ver la salvación, sino la ley. Que no pueden comprender la misericordia, sino el miedo…
Me preguntaron por Jesús. Creo que querían que le acusara de algo. Yo les dije que era un profeta. No les gustó. Me dijeron que yo era hijo del pecado. Qué necios, ¿verdad? Atrapados en sus prejuicios. Me echaron de allí. Y una vez más vino Jesús a buscarme. Me preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?» Yo le pregunté que quién era ese. «Lo estás viendo», me dijo. Me di cuenta entonces de que Jesús era mucho más que un profeta. Él es la respuesta a mis oraciones, a mis preguntas, y a mis heridas. Aquel día no sólo le devolvió la luz a mis ojos, sino también a mi alma. Y desde entonces, creo…

(Rezandovoy, adaptación de Jn 9, 1-38)