Levántate y anda

Aquel no era un buen día.
Mis piernas inútiles me dolían como nunca.
Me dijeron que el Nazareno estaba por aquí́.
Pero no lo vi. ¡Tanta gente y yo atado a mi camilla!
Sólo oía el rugido de la multitud y pedía que no me pateasen.
De repente se hizo una presencia.
Me miraste y me viste. Y se hizo el silencio.
«¿Qué quieres?»
Ya ves… ¡qué quiero!
«¡Andar! ¡Pisar la hierba! ¡Llenarme del polvo del camino y agotarme de andar! ¡Calarme con la lluvia cuando cae! ¡Cansarme! ¡Vivir!»
«Sea, levántate y anda».
¿Así? ¿Sin humo, sin grandes discursos, sin música, sin ceremonias? ¿Así?
Y creí́ en Ti, y me levanté, y anduve… y viví.
Y hoy aún te tengo dentro, Cristo,
aún veo tus ojos que me miran,
aún siento tu voz que me llena y recuerdo cómo todo mi dolor se desvaneció́.
Y sigo creyendo en Ti.
Y sigo queriéndote, Señor.
Y sigo, siempre, esperándote.

(Jaime Foces)