Descenso

Sin embargo,
es necesario regresar.
Sería maravilloso quedarse aquí,
montar tres tiendas
(aunque yo no me refugie en ninguna de ellas),
recostarme en tu regazo,
escucharte hablar para siempre,
enmudecer a tu contacto y presencia,
permanecer en ti,
ajeno a todo.
Pero me miras,
sonríes,
y acaricias mi ingenuidad.
«Hay que bajar», dices.
«Lo entiendes, ¿verdad?»
A mi pesar, asiento.
Hay que bajar, me repito,
a la piedra y al barro,
al polvo del camino,
y al humo de las ciudades.
Para experimentar
el delicioso placer
de encontrarte por sorpresa
en el rincón más insospechado
de la batalla cotidiana.
Así pues, está decidido;
tomo un poco de aire
y emprendo el descenso.

(Ximo Cerdà)