El trabajador de la primera hora

– Ay, Señor, ¿de verdad eres así? Pero, a ver, entonces… ¿de qué sirven mi trabajo, mi empeño, mi devoción? Yo intento hacer el bien, me esfuerzo, cumplo con tu voluntad de la mejor manera que sé. Escucho tu evangelio, respeto tus límites. Procuro dar entrada en mi vida al hermano, y compartir mi tiempo, mis talentos, mi vida… Sé que a veces me equivoco y que en ocasiones no estoy a la altura, pero al menos lo intento. ¿Y tú me dices que cualquiera que lleva una vida dispersa, egoísta, lejos de ti, sin embargo, si en un momento endereza un poco el camino, ya es igual que yo? ¿De qué sirve, entonces, todo lo que hago? Perdona que lo cuestione, pero, ¿no es un poco injusto?

– Escúchame. Te quiero con infinita ternura. Y mi alegría, mi sueño, mi pasión es que estés conmigo. Porque ahí está la vida. Vivir mi evangelio no puede ser una condena, una carga o una obligación que haces porque no te queda más remedio. Si lo abrazas con hondura, con dicha, con júbilo, verás que la vida es plena. Eso no significa fácil, pero sí plena. ¿No lo terminas de entender? El mismo hecho de compartir mi camino y mi proyecto es fuente de vida. Si solo es una carga, es que aún no me entiendes. Pero no te preocupes, porque yo sigo saliendo al camino a llamar. A ti, y a otros. Y cuando te incorpores de verdad a ese proyecto, entenderás que no hay primeros y últimos, sino amigos, en un camino común.

(Rezandovoy)