Campo de minas
Yacen en lo hondo de uno mismo,
a veces libres, y otras bajo llave,
un tumulto de miedos y desánimos
sin razón, sin objeto, sin gobierno.
Pequeños dictadores del ocaso,
eternos asesinos de esperanza.
Metiendo en la mortaja nuestros sueños,
nos dejan paralíticos y cojos.
Viven y conviven entre ellos,
inmunes a su aliento y su fragancia,
burbujas de alegría y de entusiasmo
que curan, que acarician, que levantan.
Se expanden por el alma sin retraso,
asomando el devenir del infinito,
poniendo al corazón ruedas y alas.
La vida, en ellas, cobra su sentido.
Dame, Señor Jesús, instinto de discernimiento.
Sujeta mis miedos, recorta mis desánimos.
Devuelve a mi alegría y entusiasmo
la fuerza y la energía de tu resurrección.
(Seve Lázaro, sj)