Campo de minas

Yacen en lo hondo de uno mismo, a veces libres, y otras bajo llave, un tumulto de miedos y desánimos sin razón, sin objeto, sin gobierno. Pequeños dictadores del ocaso, eternos asesinos de esperanza. Metiendo en la mortaja nuestros sueños, nos dejan paralíticos y cojos. Viven y conviven entre ellos, inmunes a su aliento y su fragancia, burbujas de alegría y de entusiasmo que curan, que acarician, que levantan. Se expanden por el alma sin retraso, asomando el devenir del infinito, poniendo al corazón ruedas y alas. La vida, en ellas, cobra su sentido. Dame, Señor Jesús, instinto de discernimiento. Sujeta mis miedos, recorta mis desánimos. Devuelve a mi alegría y entusiasmo la fuerza y la energía de tu resurrección. (Seve Lázaro, sj)