Cuidado consumado

Hay que encontrar nuevos caminos, para tornar nuestra tierra de su exilio. Y traerla otra vez de vuelta a casa, a nuestras manos. Reaprendiendo como niños el oficio de cuidarla, recobrando en su cuidado lo esencial de “ser humanos”. Hay que evitar que muera víctima inocente de la explotación de sus recursos naturales, de la contaminación de sus ríos y sus mares, del efecto invernadero y la amenaza nuclear, de la ausencia silenciosa de la vida en su hontanar. Hay que desterrar del mundo, para siempre, esa razón instrumental depredadora, que mira con los ojos del dominio y la eficacia, que solo cree en la fuerza integradora del dinero y sueña en utopías de mercados, sin final de crecimiento. Hay que despertar a nuestro ego ensimismado, de esa indiferencia mortal a marginados, mujeres, mayores, migrantes…, descartados. Y recobrar el gusto por lo público y comunitario: la decencia, la bondad, la justicia y el diálogo. Solo entonces alzaremos el vuelo a nuestro origen, recuperando esa visión primera y honda de las cosas, en la que ‘todo’, siendo tan distintos, éramos lo mismo: tierra, tierra sagrada, con un cometido divino: ser cada uno de todos, cuidado y caricia cristalinos. (Seve Lázaro, sj)