Dejar que el alma...

Dejar que el alma se remanse. Henchido abrir el pecho hacia el seguro puerto. Y sembrarme a la sombra de ese huerto que para mí tan solo ha florecido. Tocar a Dios. Sentirme de Él tocado. Y comprender entonces boquiabierto el porqué y para qué de mi latido. Y descubrir que el vuelo se ha trocado en un vuelo más alto. Y que el desierto era el solo refugio apetecido. (Osvaldo Pol, sj)