Inquietos

La fe no se está quieta, ni el amor. Siempre en marcha, salvando distancias, para salvar vidas del sinsentido y de los abismos. Bajando de pedestales y torres, al encuentro de los caídos, los abatidos, los vulnerables, los descomplicados, los de oídos abiertos los de estómagos vacíos, los pequeños. Subiendo, desde simas oscuras y tristes, hacia cumbres pobladas por la esperanza y la alegría. Subiendo, sí, pero con otros, a veces cargando con ellos, o llevado en sus brazos, y a veces de la mano. Trenzando una escala de nombres, de memorias, de instantes tan corrientes y tan sagrados, de preguntas, de respuestas. Una escala que le quita su poder a los precipicios, que une techo y suelo, cielo y tierra, nosotros… y Dios. Eterno fluir de amores concretos, encarnados en historias, caídas y ascensos. Amor y fe, siempre en movimiento. (José María R. Olaizola, sj)