Inquietos
La fe no se está quieta,
ni el amor.
Siempre en marcha,
salvando distancias,
para salvar vidas
del sinsentido
y de los abismos.
Bajando de pedestales
y torres, al encuentro de
los caídos, los abatidos,
los vulnerables,
los descomplicados,
los de oídos abiertos
los de estómagos vacíos,
los pequeños.
Subiendo,
desde simas oscuras y tristes,
hacia cumbres pobladas
por la esperanza y la alegría.
Subiendo, sí,
pero con otros,
a veces cargando con ellos,
o llevado en sus brazos,
y a veces de la mano.
Trenzando una escala
de nombres, de memorias,
de instantes tan corrientes
y tan sagrados,
de preguntas, de respuestas.
Una escala que le quita
su poder a los precipicios,
que une techo y suelo,
cielo y tierra,
nosotros… y Dios.
Eterno fluir de amores concretos,
encarnados en historias,
caídas y ascensos.
Amor y fe,
siempre en movimiento.
(José María R. Olaizola, sj)